4 de junio de 2020

Gran Canal de Venecia en agosto de 2015

Cogí el ordenador y la botella de agua y giré sobre mis pasos para caminar hacia la habitación del balcón e instalarme allí. Pero me quedé unos segundos, detenida, mirando la fotografía que tenía con mis chicas en Venecia, donde se veía, a nuestras espaldas, la punta de Fondamenta della Salute, al otro lado del Gran Canal. Qué belleza. Y qué increíble es la vida: era imposible imaginar en ese preciso momento que años después me volvería a hacer nuevas fotos en el mismo lugar pero viviendo otra vida y trabajando de algo muy distinto a lo que había hecho hasta ese momento. La imagen casi me dolió un poco. No veía el momento de volver a Venecia para vivir nuevas sensaciones y experiencias en ella.

Una vez leí no sé dónde que era terapéutico volver a visitar, gradualmente, los sitios en los que se había estado previamente y que asociábamos con algo melancólico o triste. Tomé esa idea y pensé que estaría bien volver a ir a aquellos sitios de nuestro pasado que considerábamos bellos pero que nos producían tristezas, pero no por asociarlos a la pareja o parejas anteriores sino por cualquier otro motivo. Y que nos apeteciera volver, claro, de lo contrario la terapia se volvería una tortura.

Hice la lista mentalmente: cinco. Bien.

Pero había otros sitios que eran míos, que daba igual con quien fuese, solo los asociaba a experiencias propias, a mi alma: Oxford, Londres, Valencia, Barcelona, Venecia... Por un motivo u otro un trocito de mí habitaba en ellas ya para siempre.

Venecia, enero 2020

10 de mayo de 2020

Taormina, Sicilia

Igual queda un poco mañido escribir esto como inicio, pero aterricé en Catania con una maleta llena de sueños y expectativas. Y me quedé corta: lo visto, aprendido y vivido durante aquellas semanas de periplo viajero fue extraodinario.

Y empecé por Italia... De Catania vi poco o nada y es algo que en algún punto del futuro tendré que solucionar y no solo porque sea la tierra natal de Battiato. En cualquier caso, esta ciudad fue para mí el punto de entrada a Sicilia y desde donde cogí el autobús a Taormina, al noroeste de la isla, donde estaría dos semanas.

Taormina, plaza IX aprile, con la playa de Giardini Naxos y el volcán Etna al fondo






Taormina. Preciosa, de difícil acceso, encantadora, cara, carismática, caótica, llena de turistas... pero también de momentos de calles desiertas (cualquier día entre semana a la hora del desayuno), y de zonas que quedan alejadas de las rutas establecidas.

Corso Umberto es la avenida que, desde Porta Messina, recorre la ciudad de punta a punta y, además, prácticamente la única más o menos recta. Es fácil desorientarse allí los primeros días ya que el resto de calles, callejuelas, pasajes y demás vías de todo tipo y tamaño se enmarañan y entremezclan con placitas, escaleras y recovecos en un desorden bellísimo.

Las fachadas son alegres, con tonalidades siena sobre todo pero también azules, malva o blancas. Y los balcones y salientes están adornados con plantas crasas colgantes y los tradicionales bustos sicilianos de cerámica.

Moverse en Taormina es fácil: a pie. Salir y entrar... eso ya es otra cosa. Arracimada sobre el mar, se llega a ella por una serpenteante carretera que es un infierno en verano. Por ella circulan todos los autobuses que, en su mayoría, salen de la pequeña estación a las afueras de la ciudad. Autobuses y también muchísimos coches que todavía me pregunto dónde se meten.

Pero da igual el tráfico o el caos... es encantadora y, desde ella, el mar se despliega ante ti.

Taormina desde la iglesia Madonna della Rocca

8 de junio de 2018

Regreso a Nueva York


Regreso a Nueva York ocho años después. Y sigue ahí. Está igual pero ya no es la misma ciudad. Sé que volveré.

8 de abril de 2017

Cambio de año en un lugar nuevo: Escocia. Parte 1: lago Lomond

Despedí 2016 y empecé 2017 a miles de kilómetros de casa y con más frío del habitual en un lugar en el que no había estado antes: Alba, que en gaélico escocés significa Escocia. Así que buen sitio para amanecer un 1 de enero con todo un año para estrenar por delante. De ese viaje me he quedado con las personas, tan amables, con Edimburgo, con el castillo de Balloch, el pueblito Luss en el lago Lomond y con la sobrecogedora imagen del monumento-torre a William Wallace en Stirling.


















Ahora escribo desde la primavera recién estrenada aunque el viaje fue en diciembre-enero, lo que significa que a partir de las cinco de la tarde es de noche total. Frío y viento en la calle y casi ni un alma paseando, así que, como pasa en otros sitios de Gran Bretaña, la vida y el ambientillo (y el calorcito) están en los pubs. Acogedores, con rincones agradables y chimeneas encendidas. No fallan. Eso sí, es fácil olvidar muchas veces que la cocina cierra pronto y que hay que cambiar, por tanto, el chip con los horarios... ¡todo más pronto!

La primera parte del viaje es en el lago Lomond, en el parque Nacional de los Trossachs, con base en el pueblo de Balloch, en el extremo sur. Lo que es el centro neurálgico de la zona, resulta ser un pueblo la mar de tranquilo y apacible, con los servicios justos, algún pub y varios bed&breakfast. El sitio es precioso, especialmente por su castillo y la enorme extensión de prados, árboles y jardines que lo rodean. Desde el Balloch Castle Country Park, ladera abajo, se ve el lago y otros pueblos que descansan en su orilla.

Desde Balloch es fácil acceder en coche a otros pueblos. El que más vale la pena es, sin duda, Luss. Muy bonito, con casitas de cuento, un río, muchos paseos para hacer y con la casi omnipresencia del lago. Fotogénico.


Después de Luss, se puede visitar, un poco hacia el norte, Firkin Point, un merendero junto al lago en el que pasear o descansar. También vale la pena Tarbet, siguiendo orilla arriba por el Loch Lomond, una aldea de dos calles con un imponente castillo reconvertido en hotel. En la parte alta del pueblito (que desciende hacia el lago) hay un tea room donde comer o merendar un buen trozo de tarta...

Pero lo mejor del lago Lomond es dejarse llevar y parar aquí y allá, ya sea pueblo, prado o cualquier otro rincón.



8 de abril de 2016

Guernica, Aulesti y Lekeitio... En ruta.

Después de pasar diez días en Navidad en una autocaravana y casi morir en el intento por, sobre todo, una incorrecta planificación, quedé empachada de viajar. Mejor en casa, cerca del mar... Pero después de un trimestre de inmovilización... ¡de nuevo en ruta! 

Para romper el hielo, dos viejos amigos: San Sebastián y Barcelona, unidos por un vuelo de una hora en paralelo a los Pirineos. Después de tantos años de visitar estas ciudades y, sobre todo en el caso de Barcelona, callejear sin mapa ni rumbo sus calles y barrios, se podría pensar que las conozco del todo. Pero hay lugares, como algunas personas, que no se acaban nunca porque están en continuo cambio, expansión y reinvención incluso. ¡Y son muy grandes! :)

Con todo, y empiezo con el País Vasco, esta vez me apetecía salir fuera del área urbana de Donosti y conocer algo nuevo más allá de sus montes y pueblos más inmediatos. Y el camino nos llevó a Guernica, lugar de reunión de los pueblos de Vizkaya. Después de conducir una hora bajo lluvia torrencial, fue aparcar y dejar de llover... ¡biennnnn! La ciudad es pequeña, cómoda, verde y con muchas flores por todos sitios. Tiendas bonitas, cafeterías con encanto y, como en casi todo el País Vasco, unas panaderías de entrar y no parar (de comer). Las calles y las casas son preciosas y es muy agradable sencillamente pasear y observar.  

9 de noviembre de 2015

Dónde dormir en la Costa da Morte, Galicia: Casa Ceferinos en Frixe

Una cosa tenemos clara si volvemos a la Costa da Morte (además del hecho en sí de que volveremos) y es que nos quedaremos otra vez en Casa Ceferinos. Esta casona restaurada está en el corazón de la mini aldea de Frixe, a pocos kilómetros de faro Touriñán. Su localización es perfecta para conocer toda la Costa da Morte, ya que el punto más alejado queda a una hora. Además, llegar desde el aeropuerto de Santiago de Compostela también lleva poco más de una hora.

1 de septiembre de 2015

Costa da Morte en Galicia: de Malpica de Bergantiños al faro de Laxe

Una ruta viajera no tiene que ser necesariamente lineal, ¿no? Así que, después de haber conocido y recorrido de Muros a Cabo Fisterre, en el sur de la Costa da Morte, en nuestro tercer día en Galicia tomamos la carretera rumbo al norte. 

Después de conducir una hora aproximadamente desde Frixe, llegamos al pueblo pesquero de Malpica de Bergantiños. Allí nos gustó especialmente pasear por su puerto pesquero, disfrutar del ambiente festivo y de la amabilidad de la gente. Vale la pena dar una vuelta por la playa Area Maior y también contemplar las islas Sisargas desde varios puntos del pueblo.


Desde Malpica seguimos la ruta norte de la Costa da Morte visitando O Porto de Corme y el faro do Roncudo, donde poco nos faltó para salir volando. ¡Qué vendaval! ¡Qué pelos! Pero cuánta belleza :) Caminamos por el puerto y el paseo marítimo y fuimos a comer al restaurante Miramar Corme, donde disfrutamos de una buenísima parrillada de pescado.

15 de agosto de 2015

Ruta por la Costa da Morte: de Muros a Cabo Fisterre

El segundo día de ruta por la Costa da Morte nos llevó al sur (el primero estuvimos en Muxía). Empezamos por Muros, un pueblo precioso, alegre, con mucha actividad y que, además, coincidió en que era día de mercado. Dejamos el coche a la entrada del pueblo y paseamos por los puestos del mercadillo al mismo tiempo que no perdíamos de vista el puerto, el mar y los miles de mejillones que había en las rocas.








En Muros hay mucho que ver y visitar. A un corto paseo está el barrio A Virxe do Camiño, donde está la iglesia santuario con el mismo nombre y del siglo XVI. Ya en el casco histórico de Muros, recorrimos muchas de sus calles, con casas preciosas con balconadas y galerías blancas llenas de flores. En la bonita y alegre Plaza de Galicia hicimos un alto en el camino para refrescarnos, ya que el calor era increíble. Entramos a conocer el edificio del Mercado de abastos y seguimos nuestro paseo hasta la zona alta del pueblo. Allí entramos a la capilla de Nuestra Señora de las Angustias, donde una guía local nos explicó su historia. De allí, serpenteando por las callejuelas, fuimos a la iglesia de Muros, que se conocía como la Colegiata de Santa Maria do Campo. Desde la torre del campanario se puede admirar una vista fantástica de toda la localidad, su puerto y las montañas.