22 de enero de 2026

Vuelo de Barcelona a Sri Lanka. Qué hacer y visitar en Negombo, primera parada en la perla del Índico

Ayubowan (ආයුබෝවන් en cingalés, proviniente del sánscrito) es mucho más que la traducción de ‘hola’. Significa que le deseas una larga y saludable vida a la persona a la que se lo dices, junto con las palmas unidas a la altura del pecho. Así que parece una muy buena primera palabra para familiarizarnos con la principal lengua de Sri Lanka, aunque no la única: parte de la población esrilanquesa habla tamil, llegado de la India, e inglés por la presencia colonial. La diversidad lingüística de la isla es reflejo de su rico patrimonio cultural, histórico y social, y, como escenario, cuenta con una naturaleza bellísima y exuberante que se expresa en forma de selvas, montañas, campos de té y playas inmensas o minúsculas y recónditas. Templos budistas milenarios, ciudades caóticas y llenas de ruido, gentes que se toman su tiempo, gastronomía sorprendente. Sri Lanka es el resultado de la influencia y presencia de muchos pueblos, pero ha conseguido tener una personalidad única que la diferencia de todo lo demás. 

No es de extrañar que se la llame la perla del Índico o que Marco Polo se refiriese a ella como “la isla más bonita del mundo”. Y es que tengo la sensación de que Sri Lanka te ofrece lo que sea que estés buscando dentro y fuera de ti: calma, paz, conexión y consciencia en contacto con la naturaleza, aldeas tranquilas, centros ayurveda o de yoga… o bien animación, gentío, actividades y experiencias vibrantes.



El vuelo Barcelona-Sri Lanka hacía una escala corta en Estambul y la primera parte del viaje, de tres horas y media hasta llegar a Turquía, pasaron sin darme cuenta. No he estado en el país del Bósforo y de la Capadocia más allá de esas escalas aéreas, pero percibí una energía especial, esa que tienen los lugares y personas con los que conectas instintivamente y sin saber por qué. Tras la rápida escala, las más de 8 horas entre Estambul y Negombo se hicieron también amenas gracias a mi compañero de asiento, un malagueño que iba con unos amigos a surfear en la costa este de Sri Lanka. Después de unas horas contándonos media vida, intentamos descansar para no tener demasiado jet lag, pero ninguno de los dos logró pegar ojo en todo el vuelo. Así que llegué a las 5 de la mañana a Negombo sin dormir.

Primera vez en Asia. Imágenes mentales tenía muchas y experiencias viajeras de amigos y familiares, también. Pero no esperaba sentir familiaridad como primera impresión a mi llegada al aeropuerto internacional de Bandaranaike. Y menos teniendo en cuenta el auténtico caos que había en plena madrugada: coches, furgonetas, autobuses, tuk tuk yendo y viniendo, gritos y voces aquí y allá, gente de todas partes… Y yo en medio, con mis maletas buscando mi taxi. Feliz por estar allí y tener tres semanas por delante para conocer Sri Lanka.

Mi alojamiento estaba en Negombo, ciudad situada a poco menos de 40 kilómetros al norte de la capital, Colombo. Negombo está menos colapsada y es muy popular entre la comunidad viajera por eso mismo y por estar solo a 20 minutos del aeropuerto internacional de Bandaranaike. Además, esta población, la cuarta de Sri Lanka, iba a ser, tres días más tarde, el punto de encuentro con el resto del grupo con el que iba a hacer gran parte del viaje. 





Tras dejar las cosas en el hotel y cambiarme, observé el panorama desde las plantas altas del alojamiento. A sus espaldas, un paisaje amplio y horizontal donde la frondosa y vibrante vegetación se pegaba a casas bajas aquí y allá. Delante del hotel, el océano Índico y la inmensa playa de Negombo. La ciudad, de poco más de 140.000 habitantes, es conocida por su tradición pesquera. De hecho, cada día pueden verse no muy lejos de la costa las coloridas embarcaciones tradicionales que salen a pescar de noche y que abastecen a los mercados locales, sobre todo al mercado de Lellama, pero también a los de toda la isla. Puede ser un buen plan en Negombo visitar el mercado por las mañanas y ver, después, las miles de barcas de colores que esperan en la bahía la siguiente jornada pesquera.

Tras desayunar, me fuí a dar un largo paseo por la playa. La tenía entera para mí. Es amplia y larga, con casi 5 kilómetros de arena y palmeras llenas de cocos y piñas. Entre semana es tranquila, y más en temporada de monzones, que era mi caso. Pero el fin de semana la playa de Negombo es punto de encuentro de los locales, y, literalmente, cientos de personas se reúnen allí para pasear, hacer volar cometas y escuchar música con equipos portátiles. El suave viento hacía que el mar estuviese ligeramente encrespado y caminar sola allí, disfrutando de aquel paisaje sacado de una película… ¡ufff! me producía emociones indescriptibles y me hacía sentir que todo es posible en esta vida (y lo es). Así que… ¿recomiendo viajar en agosto a Sri Lanka? Sí, sin duda. Es temporada baja, así que no hay aglomeraciones, es más barato, no llueve tanto como se teme pese a que sea época de monzón y es más fácil integrarse en la vida local.

En el hotel me habían insistido muchísimo en que el baño estaba prohibido allí en esa época del año ya que las corrientes internas son peligrosas y no las ves venir, así que solo metí los pies y caminé cerca del agua. La actividad en temporada alta debe ser totalmente distinta, ya que había muchos restaurantes locales junto a la arena pero casi todos cerrados. El fin de semana, con la afluencia de la gente de la zona, sí que vi que estaban abiertos algunos de ellos, ofreciendo pescado fresco del día.




Por la tarde llovió y estuve leyendo, reflexionando y escribiendo. Empecé a notar los efectos del cansancio y la falta de sueño, pero aguanté al máximo de mis posibilidades y, finalmente, a las 20 de la tarde me metí en la cama y me sumí en un sueño profundo y reparador con el murmullo de la lluvia, el viento y el océano tras el cristal. Esa fue la clave para no tener jet lag después del vuelo tan largo: aguantar al máximo.

Al día siguiente fui a explorar la zona norte de Negombo. La ciudad se puede dividir en dos áreas: la playa y la ciudad antigua, esta última con vestigios coloniales portugueses y holandeses, como sus canales. Es fácil también ver numerosas iglesias y templos cristianos y la de Santa María es la principal. Y es que Negombo fue una de las primeras zonas ocupadas por los portugueses (y despúes por holandeses e ingleses), lo que la sitúa como centro cristiano de la isla, religión del 7% de la población total. Sus calles pueden parecer ruidosas, pero después de haber estado callejeando por Kandy, Negombo es un remanso de paz. Es sencillo visitar ambas zonas de la ciudad, separadas por unos tres kilómetros, dando un largo paseo o cogiendo un tuk tuk. Los hay por todas partes y puedes parar uno, aunque muchas veces son ellos mismos, los conductores, los que ofrecen el servicio. ¿Cómo moverte por Negombo o en cualquier otra parte de Sri Lanka? Para coger un tuk tuk (o cualquier otro transporte que se necesite) yo usé la aplicación gratuita PickMe, que solo funciona en ese país y que estaba muy recomendada entre la comunidad viajera. Eliges tipo de transporte (tuk tuk, taxi…), ves el precio, escoges el punto de recogida y el destino y vas siguiendo el recorrido. Sencillo. Pero también recomiendo caminar y recorrer sus calles y perderse un poco, partiendo de la principal Poruthota Road, paralela a la playa.



Negombo está muy acostumbrada al turismo y la línea de costa y su entramado de calles tienen alojamientos de todo tipo, desde resorts de lujo a casas familiares de huéspedes muy económicas. La oferta es amplísima. Del mismo modo, hay restaurantes de comida internacional, además de numerosos lugares con gastronomía autóctona, cafés y tiendas con productos locales. En Negombo recomiendo el restaurante de comida tradicional Fish&Crab, un pequeño local con una terraza junto a la calle Lewis Pl. El kottu de gambas, el cangrejo o los rollitos de coco son algunas opciones de su carta, centrada en el pescado y el marisco locales. 

En este viaje no pude disfrutar plenamente de la comida tradicional srilankesa, debía evitar los curris, salsas, recetas muy condimentadas o con mucha mezcla de ingredientes. Pero a lo largo de mis tres semanas allí sí comí distintas variedades de arroces hervidos, pittu (arroz prensado con coco), pol roti (sencillo pan tradicional de coco), verduras al vapor, fruta fresca espectacular (papaya, piña, sandía, coco y plátanos), huevos y algo de carne o pescado local si lograba que no llevasen salsas ni especias. Además, durante los días que pasé en un centro de medicina ayurveda, sí pude saborear platos tradicionales adaptados a los doshas predominantes de cada persona y que no solo me sentaron bien sino que me resultaron beneficiosos y terapéuticos. La isla en sí fue terapéutica












18 de diciembre de 2025

Venecia siempre

Gran Canal de Venecia en agosto de 2015

Cogí el ordenador y la botella de agua y giré sobre mis pasos para caminar hacia la habitación del balcón e instalarme allí. Pero me quedé unos segundos, detenida, mirando la fotografía que tenía con mis chicas en Venecia, donde se veía, a nuestras espaldas, la punta de Fondamenta della Salute, al otro lado del Gran Canal. Qué belleza. Y qué increíble es la vida: era imposible imaginar en ese preciso momento que años después me volvería a hacer nuevas fotos en el mismo lugar pero viviendo otra vida y trabajando de algo muy distinto a lo que había hecho hasta ese momento. La imagen casi me dolió un poco. No veía el momento de volver a Venecia para vivir nuevas sensaciones y experiencias en ella.

Una vez leí no sé dónde que era terapéutico volver a visitar, gradualmente, los sitios en los que se había estado previamente y que asociábamos con algo melancólico o triste. Tomé esa idea y pensé que estaría bien volver a ir a aquellos sitios de nuestro pasado que considerábamos bellos pero que nos producían tristezas, pero no por asociarlos a la pareja o parejas anteriores sino por cualquier otro motivo. Y que nos apeteciera volver, claro, de lo contrario la terapia se volvería una tortura.

Hice la lista mentalmente: cinco. Bien.

Pero había otros sitios que eran míos, que daba igual con quién fuese, solo los asociaba a experiencias propias, a mi alma: Oxford, Londres, Valencia, Barcelona, Venecia... Por un motivo u otro un trocito de mí habitaba en ellas ya para siempre.

Venecia, enero 2020

20 de noviembre de 2025

Taormina, Sicilia

Igual queda un poco mañido escribir esto como inicio, pero aterricé en Catania con una maleta llena de sueños y expectativas. Y me quedé corta: lo visto, aprendido y vivido durante aquellas semanas de periplo viajero fue extraordinario.

Y empecé por Italia... De Catania vi poco o nada y es algo que en algún punto del futuro tendré que solucionar y no solo porque sea la tierra natal de Battiato. En cualquier caso, esta ciudad fue para mí el punto de entrada a Sicilia y desde donde cogí el autobús a Taormina, al noroeste de la isla, donde estaría dos semanas.

Taormina, plaza IX aprile, con la playa de Giardini Naxos y el volcán Etna al fondo






Taormina. Preciosa, de difícil acceso, encantadora, cara, carismática, caótica, llena de turistas... pero también de momentos de calles desiertas (cualquier día entre semana a la hora del desayuno), y de zonas que quedan alejadas de las rutas establecidas.

Corso Umberto es la avenida que, desde Porta Messina, recorre la ciudad de punta a punta y, además, prácticamente la única más o menos recta. Es fácil desorientarse allí los primeros días ya que el resto de calles, callejuelas, pasajes y demás vías de todo tipo y tamaño se enmarañan y entremezclan con placitas, escaleras y recovecos en un desorden bellísimo.

Las fachadas son alegres, con tonalidades siena sobre todo pero también azules, malva o blancas. Y los balcones y salientes están adornados con plantas crasas colgantes y los tradicionales bustos sicilianos de cerámica.

Moverse en Taormina es fácil: a pie. Salir y entrar... eso ya es otra cosa. Arracimada sobre el mar, se llega a ella por una serpenteante carretera que es un infierno en verano. Por ella circulan todos los autobuses que, en su mayoría, salen de la pequeña estación a las afueras de la ciudad. Autobuses y también muchísimos coches que todavía me pregunto dónde se meten.

Pero da igual el tráfico o el caos... es encantadora y, desde ella, el mar se despliega ante ti.

Taormina desde la iglesia Madonna della Rocca

16 de octubre de 2025

Regreso a Nueva York


Regreso a Nueva York ocho años después. Y sigue ahí. Está igual pero ya no es la misma ciudad. Sé que volveré.

20 de febrero de 2025

Cambio de año en un lugar nuevo: Escocia: lago Lomond

Despedí 2016 y empecé 2017 a miles de kilómetros de casa y con más frío del habitual en un lugar en el que no había estado antes: Alba, que en gaélico escocés significa Escocia. Así que buen sitio para amanecer un 1 de enero con todo un año para estrenar por delante. De ese viaje me he quedado con las personas, tan amables, con Edimburgo, con el castillo de Balloch, el pueblito Luss en el lago Lomond y con la sobrecogedora imagen del monumento-torre a William Wallace en Stirling.


















Ahora escribo desde la primavera recién estrenada aunque el viaje fue en diciembre-enero, lo que significa que a partir de las cinco de la tarde es de noche total. Frío y viento en la calle y casi ni un alma paseando, así que, como pasa en otros sitios de Gran Bretaña, la vida y el ambientillo (y el calorcito) están en los pubs. Acogedores, con rincones agradables y chimeneas encendidas. No fallan. Eso sí, es fácil olvidar muchas veces que la cocina cierra pronto y que hay que cambiar, por tanto, el chip con los horarios... ¡todo más pronto!

La primera parte del viaje es en el lago Lomond, en el parque Nacional de los Trossachs, con base en el pueblo de Balloch, en el extremo sur. Lo que es el centro neurálgico de la zona, resulta ser un pueblo la mar de tranquilo y apacible, con los servicios justos, algún pub y varios bed&breakfast. El sitio es precioso, especialmente por su castillo y la enorme extensión de prados, árboles y jardines que lo rodean. Desde el Balloch Castle Country Park, ladera abajo, se ve el lago y otros pueblos que descansan en su orilla.

Desde Balloch es fácil acceder en coche a otros pueblos. El que más vale la pena es, sin duda, Luss. Muy bonito, con casitas de cuento, un río, muchos paseos para hacer y con la casi omnipresencia del lago. Fotogénico.


Después de Luss, se puede visitar, un poco hacia el norte, Firkin Point, un merendero junto al lago en el que pasear o descansar. También vale la pena Tarbet, siguiendo orilla arriba por el Loch Lomond, una aldea de dos calles con un imponente castillo reconvertido en hotel. En la parte alta del pueblito (que desciende hacia el lago) hay un tea room donde comer o merendar un buen trozo de tarta...

Pero lo mejor del lago Lomond es dejarse llevar y parar aquí y allá, ya sea pueblo, prado o cualquier otro rincón.



8 de abril de 2016

Guernica, Aulesti y Lekeitio... En ruta.

Después de pasar diez días en Navidad en una autocaravana y casi morir en el intento por, sobre todo, una incorrecta planificación, quedé empachada de viajar. Mejor en casa, cerca del mar... Pero después de un trimestre de inmovilización... ¡de nuevo en ruta! 

Para romper el hielo, dos viejos amigos: San Sebastián y Barcelona, unidos por un vuelo de una hora en paralelo a los Pirineos. Después de tantos años de visitar estas ciudades y, sobre todo en el caso de Barcelona, callejear sin mapa ni rumbo sus calles y barrios, se podría pensar que las conozco del todo. Pero hay lugares, como algunas personas, que no se acaban nunca porque están en continuo cambio, expansión y reinvención incluso. ¡Y son muy grandes! :)

Con todo, y empiezo con el País Vasco, esta vez me apetecía salir fuera del área urbana de Donosti y conocer algo nuevo más allá de sus montes y pueblos más inmediatos. Y el camino nos llevó a Guernica, lugar de reunión de los pueblos de Vizkaya. Después de conducir una hora bajo lluvia torrencial, fue aparcar y dejar de llover... ¡biennnnn! La ciudad es pequeña, cómoda, verde y con muchas flores por todos sitios. Tiendas bonitas, cafeterías con encanto y, como en casi todo el País Vasco, unas panaderías de entrar y no parar (de comer). Las calles y las casas son preciosas y es muy agradable sencillamente pasear y observar.  

9 de noviembre de 2015

Dónde dormir en la Costa da Morte, Galicia: Casa Ceferinos en Frixe

Una cosa tenemos clara si volvemos a la Costa da Morte (además del hecho en sí de que volveremos) y es que nos quedaremos otra vez en Casa Ceferinos. Esta casona restaurada está en el corazón de la mini aldea de Frixe, a pocos kilómetros de faro Touriñán. Su localización es perfecta para conocer toda la Costa da Morte, ya que el punto más alejado queda a una hora. Además, llegar desde el aeropuerto de Santiago de Compostela también lleva poco más de una hora.

1 de septiembre de 2015

Costa da Morte en Galicia: de Malpica de Bergantiños al faro de Laxe

Una ruta viajera no tiene que ser necesariamente lineal, ¿no? Así que, después de haber conocido y recorrido de Muros a Cabo Fisterre, en el sur de la Costa da Morte, en nuestro tercer día en Galicia tomamos la carretera rumbo al norte. 

Después de conducir una hora aproximadamente desde Frixe, llegamos al pueblo pesquero de Malpica de Bergantiños. Allí nos gustó especialmente pasear por su puerto pesquero, disfrutar del ambiente festivo y de la amabilidad de la gente. Vale la pena dar una vuelta por la playa Area Maior y también contemplar las islas Sisargas desde varios puntos del pueblo.


Desde Malpica seguimos la ruta norte de la Costa da Morte visitando O Porto de Corme y el faro do Roncudo, donde poco nos faltó para salir volando. ¡Qué vendaval! ¡Qué pelos! Pero cuánta belleza :) Caminamos por el puerto y el paseo marítimo y fuimos a comer al restaurante Miramar Corme, donde disfrutamos de una buenísima parrillada de pescado.