Después de pasar diez días en Navidad en una autocaravana y casi
morir en el intento por, sobre todo, una incorrecta planificación, quedé
empachada de viajar. Mejor en casa, cerca del mar... Pero después de un
trimestre de inmovilización... ¡de nuevo en ruta!
Para romper el hielo, dos viejos amigos: San Sebastián y
Barcelona, unidos por un vuelo de una hora en paralelo a los Pirineos. Después
de tantos años de visitar estas ciudades y, sobre todo en el caso de Barcelona,
callejear sin mapa ni rumbo sus calles y barrios, se podría pensar que las
conozco del todo. Pero hay lugares, como algunas personas, que no se acaban
nunca porque están en continuo cambio, expansión y reinvención incluso. ¡Y son muy grandes! :)
Con todo, y empiezo con el País Vasco, esta vez me apetecía salir fuera
del área urbana de Donosti y conocer algo nuevo más allá de sus montes y pueblos más
inmediatos. Y el camino nos llevó a Guernica, lugar de reunión de los pueblos
de Vizkaya. Después de conducir una hora bajo lluvia torrencial, fue aparcar y
dejar de llover... ¡biennnnn! La ciudad es pequeña, cómoda, verde y con muchas
flores por todos sitios. Tiendas bonitas, cafeterías con encanto y, como en
casi todo el País Vasco, unas panaderías de entrar y no parar (de comer). Las
calles y las casas son preciosas y es muy agradable sencillamente pasear y
observar.


