Nos vamos de fin de semana a Castellón, a las faldas del Penyagolosa. Nos alojamos en el Mas de Borràs, una antigua masía con varios siglos de existencia y que fue rehabilitada como hotel rural y de aventura.
Su emplazamiento es de película, rodeado sólo por pinadas. Desde él no se ve ningún rastro de vida humana, excepto una lejana granja a muchos kilómetros de allí.
Hace una mañana genial, la temperatura es agradable y el cielo está turquesa. Estamos a más de 1.000 metros de altitud y nos rodean miles de pinos, que forran como una moqueta las montañas.
Poco a poco nos acercamos al caserío. Me refiero a Bibioj como caserío y no como pueblo porque no tiene iglesia. Por lo que he podido saber es una de las poquísimas poblaciones de
España que no tienen edificio religioso. Llegamos a Bibioj. La primera casa del pueblo es la antigua escuela, construida en tiempos de la República. Está pintada de blanco y tiene algunos dibujos en sus paredes exteriores. Muchos elementos nos indican la presencia de vida humana, y es que una familia habita entre sus paredes.
Cuando veníamos por el camino, todavía en el coche, nos habíamos cruzado con una furgoneta blanca. El camino era estrecho así que ambos vehículos habíamos tenido que reducir la velocidad. Al estar a la misma altura, el conductor del otro coche había bajado la ventanilla, como con intención de decir algo. Pero nosotros continuamos adelante.
Se trata de la familia que vive en Bibioj, en su escuela. Son una pareja con sus dos hijas, de unos 5 o 6 años. Él lleva barba larga y castaña.
Frente a la escuela hay un coche con matrícula danesa aparcado, así como una moto, con igual matrícula. Aunque me han dicho que no son daneses sino alemanes. Cerca del coche, sobre la hierba, descansan una lavadora antigua, una bañera tipo hidromasaje, una pila de las de lavar la ropa y algún cubo. Parece que es donde lavan la ropa.
Ladera abajo, un columpio que cuelga de la rama de un árbol y hecho con cuerdas y una rueda vieja se mece al ritmo del viento.
A pocos metros de la escuela está la primera casa. Esta se mantiene en pie e incluso se ven restos de la pintura que cubrió sus paredes: azul. Me asomo dentro y hago fotos, pero no me atrevo a entrar porque me parece que hay riesgo de que me caiga en la cabeza lo que queda de casa.
La estampa es de verdad inquietante. Las casas están, en su mayoría derruidas o con sólo parte de sus paredes en pie. La vegetación se ha adueñado de Bibioj y crece con libertad donde antes había una chimenea, un comedor o un lavadero. Me pregunto si los alemanes dejarán a las niñas que campen a sus anchas por las ruinas. Pienso que lo normal es que no, por el peligro que conlleva, pero es que tampoco es normal que vivan allí y que esas crías no vayan a la escuela.
Hago un montón de fotos en las que no se ve ningún fenómeno paranormal, pese a la idoneidad del lugar para ello. Damos una vuelta circular a Bibioj, caserío que fue saqueado en la Guerra Civil tanto por los fascistas como por los rojos. Parece ser que la zona donde se sitúa Bibioj fue un buen escondite para los republicanos huidos.
Por desgracia, la familia de ermitaños no aparece mientras nosotros estamos allí y me quedo con las ganas de preguntarles: "¿Por qué vivís aquí?".