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11 de enero de 2012

último día en Bristol


Nuestro último día de viaje amaneció completamente soleado y sin rastro de nubes. No podíamos creer el buen tiempo que habíamos tenido todos los días, excepto las dos horas de lluvia del sábado por la mañana. A las nueve de la mañana ya estábamos en ruta, de camino a Nailsea. Íbamos totalmente a la aventura ya que yo había preparado muchas cosas para ver pero no pensé que nos cundiese tanto el tiempo. Nailsea resultó ser un pueblo agradable pero sin ningún interés para nosotros, así que continuamos hacia el sur en busca de un par de lagos que aparecían en los mapas, uno de ellos era elBlagdon Lake. Antes de llegar a él hicimos un alto en la iglesia de San Andrés, que estaba, lamentablemente, cerrada. Pero cuando paseábamos por sus jardines y admirábamos las vistas que del lago había, apareció por allí un señor que nos dijo que nos iba a abrir la iglesia. Resultó ser un encanto de persona que nos explicó la historia de aquél sitio. Según nos dijo, la torre de la iglesia es del siglo XV, y el resto de la iglesia se añadió en 1823. Posteriormente, al lord que vivía en aquellas tierras no parecía gustarle demasiado la construcción, por lo que decidió derribar toda la iglesia. Sólo se salvó la torre. Así, la torre es del siglo XV, pero el resto de la es del siglo XX, de 1909 exactamente.

El buen hombre nos contó también que el día anterior habían celebrado una festividad en la cual se llevan flores, frutas y hortalizas a la iglesia.Como muestra pudimos ver unas calabazas rellenas de flores y frutas. Al día siguiente serían llevadas a hospitales y centros sociales. Además de la explicación, el señor nos regaló un libro que explica cada una de las vidrieras de la iglesia, que resultaron ser especialmente hermosas. Nos llamó la atención, cosa que ya habíamos visto en otras iglesias, como en la de Castle Combe, que en los bancos había unos clavos donde cada persona deja su cojín. Todos son rectangulares y cosidos como a punto de cruz gordo, pero cada uno tiene unos motivos personales, un escudo o algún símbolo. Es muy curioso.

Continuamos nuestro camino calle abajo hasta llegar a un puente que cruzaba el lago. De nuevo más paisajes de postal. Aparcamos y nos metemos por un caminito que discurre paralelo al agua. A lo largo de él hay bancos y cada uno de ellos tiene una plaquita que recuerda a alguien. Dicen cosas preciosas del estilo de “En cariñoso recuerdo a Charles xxx, que durante toda su vida disfrutó pescando en este lugar”. En fin, si aplicamos la frase de Cuanto más azúcar, más dulce a este viaje, resulta que la azucarera se ha desbordado y el azúcar se desparrama ya por la mesa.

Dejamos nuestro idílico paseo por el lago y conducimos hasta Weston-super-Mare, pueblo costero de curioso nombre. El paseo marítimo está de obras y desmerece un poco la visita, pero es de verdad agradable ver el contraste entre el mar, las casas de colores y, detrás de ellas, los bosques. Hay una especie de península artificial en la que hay un hotel enorme y un restaurante, ambos cerrados y con carteles que indican que están a la venta. Weston-Super-Mare está plagado de tiendas y restaurantes que miran a la playa (sí, es una playa como las de aquí) pero claro, a nosotros, que venimos de tierras de sol y playa ;) no nos impresiona. Nos vamos a comer pronto, en un pub tradicional del centro, porque estamos a un rato del aeropuerto y el viaje está tocando a su fin.

Ya de camino al aeropuerto de Bristol hacemos una última parada en una iglesia frente a la carretera, pero no por ver la iglesia en sí si no porque vemos un indicador de camino de peatones. Así que allá vamos, por senditas que cruzan prados y propiedades privadas (son todos así), con vacas y cerdos pastando libremente y gruñéndonos (los cerdos, a las vacas ni nos acercamos).

¡Nos lo hemos pasado genial!

Bath, Inglaterra.

Pasan pocos minutos de las ocho de la mañana y ya estamos en la calle, hace bastante fresquete pero hay claros, ¿será posible que veamos el sol? Caminamos hacia la oficina Hertz de Bristol, en Victor Street, pero he olvidado imprimir el plano desde el Google y no sabemos exactamente donde está. 

La referencia es la estación de trenes de Bristol, Temple Meads, que recuerdo que debe estar como a unos diez minutos de nuestro coche. Entramos a la estación buscando información turística, pero sólo encontramos una birria de mapa que no nos sirve de ninguna ayuda. Frente a la estación hay un hotel, así que entramos allí a preguntar. La chica es súper simpática e incluso nos imprime un mapita del Google para llegar aHertz. Pasadas las nueve llegamos, por fin, a la oficina. Tenemos la reserva hecha desde casa y en unos minutos tenemos nuestro flamante Opel Corsa gris (el modelo nuevo) frente a nosotros. Preparo la cámara de video porque este momento hay que inmortalizarlo: mi amigo Paco va a ser nuestro conductor por la izquierda. Gritos, aplausos y vivas cuando empezamos a rodar y nos cruzamos al primer coche. Los de la oficina de Hertz se ríen de nosotros, pero nos da igual, nos lo estamos pasando genial y llevamos seguro a todo riesgo. ¡A rodar!

Afortunadamente, nuestros amigos han cogido el GPS y los de la oficina también nos han explicado qué dirección tomar para llegar a Bath. Sin ninguna complicación salimos de la ciudad y tomamos la A4 en dirección a esa maravillosa ciudad. En menos de media hora estamos allí y empezamos a buscar aparcamiento. ¡El Victoria Park!, grito yo emocionada desde mi asiento. Estuve viviendo en Bath durante un mes cuando tenía 14 años y recuerdo como impresionante aquel lugar que, además, está en el centro. Encontramos una plaza libre junto a una de las entradas del parque, perfecto. Decidimos dejar este espacio verde para la tarde, cuando estemos de vuelta, así que caminamos hacia la zona del río y catedral. Bath es una elegante y bellísima ciudad inglesa que considero imprescindible en un viaje al sur del país, pese a que es un reclamo turístico y hay demasiada gente por las calles. Jane Austen vivió aquí durante unos años, entre 1801 y 1806, y como no podía ser de otra manera, también se saca tajada turística.

¿No he dicho todavía que sí, que tenemos un sol radiante allá arriba? Tenemos incluso calor, qué suerte! Llegamos a los
Parade Gardens, junto al río Avon y de espaldas a la catedral, que es inmensa y deslumbrante. Junto a ella, en una excesivamente concurrida plaza, los baños romanos, con más de 2.000 años de antigüedad y que dan nombre a la ciudad (bath es baño en inglés). Callejeamos un rato y, plano en mano, buscamos el río Avon en su zona sur, ya que por allí transcurre un paseo peatonal que tiene buena pinta. No nos equivocamos. De hecho, nos quedamos cortos. El río a su paso por la ciudad es una verdadera sucesión de postales: sauces llorones que descansan en la orilla, puentes de piedra, barcos que se deslizan por sus aguas, cisnes, casas maravillosas con jardines, árboles, flores… Belleza con mayúsculas. Mil fotos.



Llegamos a Bridge Street, un puente cuyo arquitecto se inspiró en el Ponte Veccio de Florencia (Italia), sobre el que hay tiendas, aunque en esta ocasión no son artesanos del oro, sino floristerías, tiendas de ropa, recuerdos y… una pastelería de infarto donde compramos la merienda. Regresamos a la plaza junto a la catedral, donde está el punto de información turística de la ciudad. Buscamos un sitio donde comer así que cogemos una guía gastronómica de Bath. 

Resulta que al girar la esquina hay un italiano con muy buena pinta. Después de comer subimos por Gay Street, una empinada y bonita calle donde está el centro Jane Austen, con tienda y Tea Room incluidas. No me puedo resistir a entrar, aunque sea a la tienda que está en la planta baja, y a hacerme una foto con un señor muy simpático de largas patillas que va vestido como lo hacían en la Inglaterra de principios del siglo XIX. Me quedo con las ganas de subir a visitar la casa y tomarme un té, pero mis compañeros de viajes me esperan sentados en un escalón en la calle y no es plan. Tengo la extraña certeza de que en el futuro viajaré por tercera vez allí y decido dejar la visita a la casa de Jane Austen para ese momento.


Continuamos subiendo la calle y llegamos a The Circus, una rotonda con impresionantes árboles en su centro y con edificios circulares. A 3 minutos de allí, nuestro destino: Royal Crescent y el comienzo delVictoria Park. MA-RA-VI-LLO-SO. Un precioso edificio en forma de semicírculo observa frente a sí una amplia extensión verde, donde la gente descansa tirada en la hierba, nosotros incluidos. El sol luce en lo alto y se está realmente bien. Es una verdadera joya aquel sitio y nos faltan adjetivos a todos para describirlo.


Tras el descanso nos adentramos en las profundidades del Victoria Park por la Royal Avenue y llegamos a la casita de Hansel y Gretel, que es como la hemos bautizado. Seguimos el paseo entre árboles y llegamos a una amplísima llanura verde. ¡Oh sorpresa! Varias furgonetas están descargando globos aerostáticos. Me acerco a uno de los chicos y le pregunto si es posible que volemos los cuatro esa tarde, pero no puede ser, se necesita reserva previa. De todas formas, el viaje de una hora cuesta entre 100 y 120 euros por persona… “Pero damos champagne cuando estáis arriba”, me dice el chico de la empresa. ¡Ups! 

Así que nos ‘conformaremos’ con ver cómo inflan aquello y cómo alza el vuelo. Es mejor que ir a un parque de atracciones, en serio. Llegamos a la conclusión de que no podemos pedir más ese día perfecto y, una hora más tarde, nos vamos hacia el coche. Los globos ya son sólo puntitos en el cielo.

De vuelta hacia Bristol paramos en un supermercado y compramos la cena de esa noche y el desayuno de mañana y, tras la compra, paramos en un pueblecillo a merendar nuestros trozos de bizcochos caseros adquiridos por la mañana. Buenísimos. Nos vamos al hotel a cenar y descansar. Mañana nos espera la campiña inglesa y sus pueblecitos.

Bristol, Inglaterra.

El avión de Ryanair sale puntual de la terminal 2 del aeropuerto de Alicante, después de que los monitores nos hayan cambiado hasta en tres ocasiones la puerta de embarque. Son las diez y media de la mañana y hace buen tiempo, pero llevamos ropa de bastante más abrigo en las maletas. Las previsiones para los próximos días son buenas, sólo marca lluvias débiles en algún momento del fin de semana. Pero es Inglaterra, nunca se sabe en cuanto al tiempo.

Mirar desde la ventanilla del avión es, como siempre, impresionante. Conforme vamos hacia el norte aumenta la nubosidad y cuando sobrevolamos el norte de Francia las nubes se espesan y ya no vemos tierra. Sobre Inglaterra los nubarrones son increíbles, ¡cómo no! Empezamos a descender y me arrepiento profundamente de haber guardado la cámara de fotos en las profundidades de mi maleta. Creo que no he visto en mi vida semejante espesor de nubes, parecen algo compacto, sólido, y que el avión se vaya a posar sobre ellas. Pero no, las atravesamos y vemos, allá abajo, la idílica campiña inglesa, toda de cuadraditos verdes, delimitados por hileras de árboles y vegetación, salpicada de pueblecitos. Me sube una cosa por el estómago que hace que se me humedezcan los ojos y se me haga un nudo en la garganta. Una vez más pienso que en otra vida fui de allí, que viví en la tierra de Jane Austen.

Bajamos directamente del avión a suelo inglés. Frío, aire y lluvia fina. Mmmmmm, ¡me encanta! A buscar el taxi. En el aeropuerto de Bristol, y en muchos otros del Reino Unido, está la compañía de taxisChecker Cars. Es genial. Desde casa puedes consultar, vía chat en directo (así lo hice yo) o con un correo electrónico, lo que te va a costar el trayecto. Les dices la dirección a la que quieres ir y te dicen lo que vas a pagar al final del viaje. Así evitas sorpresa y timos. Nos costaba 19 libras ir del aeropuerto al hotel, así que no nos compensa para nada coger un autobús, ya que somos 4 personas y nos deja en la puerta.

A la una menos veinte del mediodía estamos en el hotel. Es el 24 Seven, una casa victoriana en el barrio de Southville, junto al río, una zona muy tranquila a 5 minutos del centro. Es un establecimiento self-service, es decir, tenemos un código por habitación que marcas para entrar y, a no ser que tengas algún problema, no acudes a recepción para nada. El hotel está genial, las habitaciones son grandes, extremadamente limpias, muy bonitas y cómodas. Lo hemos acertado. Hay una cocina para uso de los huéspedes que también está muy bien, aunque para nuestro gusto le faltan más sillas, ya que sólo hay una barra americana contra la pared con 2 taburetes. Pero aún así es genial.

Dejamos las maletas y nos vamos a comer al pub Imp 2, en la calle de detrás del hotel. También lo había mirado previamente desde casa. Bueno, empezamos con la comida inglesa, que no es ni amplia ni variada, excepto en postres, tartas y dulces. Todo lo acompañan de guisantes y zanahorias hervidos y cocinan con poca sal. Los cuatro estamos de acuerdo en que si a las verduritas les añadiesen un poquito de aceite, sal y unos trocitos de jamón, quedarían mucho más sabrosas, jeje.

Tras la comida, descansamos unos minutos en el hotel y nos vamos a ver Bristol. Cruzamos el río y llegamos a una zona con muchos pubs y sitios de ocio junto al puerto, una plaza amplia, con estatuas de bronce de bristolianos ilustres, entre ellos Cary Grant. No tenía ni idea de que el actor fuese de allí. Como buenos turistas nos hacemos una foto haciendo el indio con este señor, que resulta ser altísimo. También allí está el acuario, un observatorio astrológico y un centro de proyecciones en 3D.

A pocos minutos de allí está moderna zona está la catedral de Bristol. Junto a ella, una escuela de la que salen en ese momento los estudiantes. Por un momento creemos estar en una película de Harry Potter. El edificio, los niños con el uniforme, los árboles… La catedral es impresionante. Al final de un pasillo con unas vidrieras preciosas y junto a una habitación en la que sólo hay un piano de cola que no me resisto a tocar para mis amigos, está el jardín del cementerio de la catedral.Es romántico, pequeño, con muchas flores por todas partes y bancos donde sentarse en medio de una tranquilidad absoluta. Salimos de nuevo al exterior y frente a la catedral, después de una amplia zona verde con árboles, College Green, está el ayuntamiento.De allí nace Park Street, una de las calles principales de la ciudad, plagada de tiendas y pubs. Es empinada y con bastante tráfico, pero muy agradable. En la parte de arriba se ve un imponente edificio, la Universidad de Bristol, el Wills Memorial Buildingconcretamente, y, junto a ella, el museo de la ciudad y galería de arte. Torcemos a la izquierda por una calle perpendicular a Park Street, Berkeley Square, y llegamos a Brandon Hill, una de las muchas zonas verdes de Bristol. Árboles imponentes, estanques, ardillas y mucho verde. Caminamos hacia la zona norte buscando la empinada callejuela Christmas Steps, llena de antiguas tiendas. Estamos cansados y, ya de vuelta al hotel, entramos a un supermercado y compramos el desayuno. Cenamos fish & chips en el Imp 2 (de los peores que he probado) y nos vamos a dormir. Mañana recogeremos el coche de alquiler y nos iremos a Bath, ¡vamos a conducir por la izquierda!

Edensor, Derbyshire.

Viajar, viajar, viajar... para mi es sinónimo de vivir, de aprender, de conocer, de comprender un poco mejor lo que no entendemos por desconocimiento o por tener una imagen sesgada. Por ejemplo, Estados Unidos. Cuántas veces he hecho juicios de valor sobre los americanos... miles. Pero no he estado allí, no sé realmente cómo viven o cuál es su cultura. En realidad, debería ir y conocer para hablar de verdad sobre ellos y juzgarlos. Procuraré no etiquetarlos más.

Esta foto que os pongo hoy es de un pueblecito inglés llamado Edensor, en Derbyshire, Inglaterra. ¿Quién no querría visitarlo, ver esa iglesia por dentro o pasear por esa hierba? En primavera o verano la fotografía debe ser todavía más hermosa, con todos los árboles verdes... La he sacado de una maravillosa web que se llamawww.picturesofengland.com

Hoy quisiera estar en Edensor. Un abrazo a todos los viajeros y viajeras. Para los que viajan mucho, poco o nada.