Ayubowan (ආයුබෝවන් en cingalés, proviniente del sánscrito) es mucho más que la traducción de ‘hola’ en Sri Lanka. Significa que le deseas una larga y saludable vida a la persona a la que se lo dices, junto con las manos unidas a la altura del pecho. Así que parece una muy buena primera palabra para familiarizarnos con la principal lengua de la isla, aunque no la única: parte de la población esrilanquesa habla tamil, llegado de la India, e inglés por la presencia colonial. La diversidad lingüística de Sri Lanka es reflejo de su rico patrimonio cultural, histórico y social, y, como escenario, cuenta con una naturaleza bellísima y exuberante que se expresa en forma de selvas, montañas, campos de té y playas inmensas o minúsculas y recónditas. Templos budistas milenarios, ciudades caóticas y llenas de ruido, gentes que se toman su tiempo, gastronomía sorprendente.
Sri Lanka es el resultado de la influencia y presencia de muchos pueblos, pero ha conseguido tener una personalidad única que la diferencia de todo lo demás. No es de extrañar que se la llame la perla del Índico o que Marco Polo se refiriese a Sri Lanka como “la isla más bonita del mundo”. Y es que tengo la sensación de que te ofrece lo que sea que estés buscando dentro y fuera de ti: calma, paz, conexión y consciencia en contacto con la naturaleza, aldeas tranquilas, centros ayurveda o de yoga… o bien animación, gentío, actividades y experiencias vibrantes.
El vuelo Barcelona-Sri Lanka hacía una escala corta en Estambul y la primera parte del viaje, de tres horas y media hasta llegar a Turquía, pasaron sin darme cuenta. No he estado en el país del Bósforo y de la Capadocia más allá de esas escalas aéreas, pero percibí una energía especial, esa que tienen los lugares y personas con los que conectas instintivamente y sin saber por qué. Tras la rápida escala, las más de 8 horas entre Estambul y Negombo se hicieron también amenas gracias a mi compañero de asiento, un malagueño que iba con unos amigos a surfear en la costa este de Sri Lanka. Después de unas horas contándonos media vida, intentamos descansar para no tener demasiado jet lag, pero ninguno de los dos logró pegar ojo en todo el vuelo. Así que llegué a las 5 de la mañana a Negombo sin dormir.
Primera vez en Asia. Imágenes mentales tenía muchas y experiencias viajeras de amigos y familiares, también. Pero no esperaba sentir familiaridad como primera impresión a mi llegada al aeropuerto internacional de Bandaranaike. Y menos teniendo en cuenta el auténtico caos que había en plena madrugada: coches, furgonetas, autobuses, tuk tuk yendo y viniendo, gritos y voces aquí y allá, gente de todas partes… Y yo en medio, con mis maletas buscando mi taxi. Feliz por estar allí y tener tres semanas por delante para conocer Sri Lanka.
Mi alojamiento estaba en Negombo, ciudad situada a poco menos de 40 kilómetros al norte de la capital, Colombo. Negombo está menos colapsada y es muy popular entre la comunidad viajera por eso mismo y por estar solo a 20 minutos del aeropuerto internacional. Además, esta población, la cuarta de Sri Lanka, iba a ser, tres días más tarde, el punto de encuentro con el resto del grupo con el que iba a hacer gran parte del viaje.
Tras dejar las cosas en el hotel y cambiarme, observé el panorama desde las plantas altas del alojamiento. A sus espaldas, un paisaje amplio y horizontal donde la frondosa y vibrante vegetación se pegaba a casas bajas aquí y allá. Delante del hotel, el océano Índico y la inmensa playa de Negombo. La ciudad, de poco más de 140.000 habitantes, es conocida por su tradición pesquera. De hecho, cada día pueden verse no muy lejos de la costa las coloridas embarcaciones tradicionales que salen a pescar de noche y que abastecen a los mercados locales, sobre todo al mercado de Lellama, pero también a los de toda la isla. Puede ser un buen plan en Negombo visitar el mercado por las mañanas y ver, después, las miles de barcas de colores que esperan en la bahía la siguiente jornada pesquera.
Tras desayunar, me fuí a dar un largo paseo por la playa. La tenía entera para mí. Es amplia y larga, con casi 5 kilómetros de arena y palmeras llenas de cocos y piñas. Entre semana es tranquila, y más en temporada de monzones, que era mi caso. Pero el fin de semana la playa de Negombo es punto de encuentro de los locales, y, literalmente, cientos de personas se reúnen allí para pasear, hacer volar cometas y escuchar música con equipos portátiles. El suave viento hacía que el mar estuviese ligeramente encrespado y caminar sola allí, disfrutando de aquel paisaje sacado de una película… ¡ufff! me producía emociones indescriptibles y me hacía sentir que todo es posible en esta vida (y lo es). Así que… ¿recomiendo viajar en agosto a Sri Lanka? Sí, sin duda. Es temporada baja, así que no hay aglomeraciones, es más barato, no llueve tanto como se teme pese a que sea época de monzón y es más fácil integrarse en la vida local.
En el hotel me habían insistido muchísimo en que el baño estaba prohibido allí en esa época del año ya que las corrientes internas son peligrosas y no las ves venir, así que solo metí los pies y caminé cerca del agua. La actividad en temporada alta debe ser totalmente distinta, ya que había muchos restaurantes locales junto a la arena pero casi todos cerrados. El fin de semana, con la afluencia de la gente de la zona, sí que vi que estaban abiertos algunos de ellos, ofreciendo pescado fresco del día.
Por la tarde llovió y estuve leyendo, reflexionando y escribiendo. Empecé a notar los efectos del cansancio y la falta de sueño, pero aguanté al máximo de mis posibilidades y, finalmente, a las 20 de la tarde me metí en la cama y me sumí en un sueño profundo y reparador con el murmullo de la lluvia, el viento y el océano tras el cristal. Esa fue la clave para no tener jet lag después del vuelo tan largo: aguantar al máximo.
Al día siguiente fui a explorar la zona norte de Negombo. La ciudad se puede dividir en dos áreas: la playa y la ciudad antigua, esta última con vestigios coloniales portugueses y holandeses, como sus canales. Es fácil también ver numerosas iglesias y templos cristianos y la de Santa María es la principal. Y es que Negombo fue una de las primeras zonas ocupadas por los portugueses (y despúes por holandeses e ingleses), lo que la sitúa como centro cristiano de la isla, religión del 7% de la población total. Sus calles pueden parecer ruidosas, pero después de haber estado callejeando por Kandy, Negombo es un remanso de paz. Es sencillo visitar ambas zonas de la ciudad, separadas por unos tres kilómetros, dando un largo paseo o cogiendo un tuk tuk. Los hay por todas partes y puedes parar uno, aunque muchas veces son ellos mismos, los conductores, los que ofrecen el servicio. ¿Cómo moverte por Sri Lanka? Para coger un tuk tuk (o cualquier otro transporte que se necesite) yo usé la aplicación gratuita PickMe, que solo funciona en ese país. Eliges tipo de transporte (tuk tuk, taxi…), ves el precio, escoges el punto de recogida y el destino y vas siguiendo el recorrido. Sencillo. Pero también recomiendo caminar y recorrer sus calles y perderse un poco, partiendo de la principal Poruthota Road, paralela a la playa.
Negombo está muy acostumbrada al turismo y la línea de costa y su entramado de calles tienen alojamientos de todo tipo, desde resorts de lujo a casas familiares de huéspedes muy económicas. La oferta es amplísima. Del mismo modo, hay restaurantes de comida internacional, además de numerosos lugares con gastronomía autóctona, cafés y tiendas con productos locales. En Negombo recomiendo el restaurante de comida tradicional Fish&Crab, un pequeño local con una terraza junto a la calle Lewis Pl. El kottu de gambas, el cangrejo o los rollitos de coco son algunas opciones de su carta, centrada en el pescado y el marisco locales. En este viaje no disfruté plenamente de la comida tradicional srilankesa, así que evité los curris, salsas, recetas muy condimentadas o con mucha mezcla de ingredientes. Pero a lo largo de mis tres semanas allí sí comí distintas variedades de arroces hervidos, pittu (arroz prensado con coco), pol roti (sencillo pan tradicional de coco), verduras al vapor, fruta fresca espectacular (papaya, piña, sandía, coco y plátanos), huevos y algo de carne o pescado local si lograba que no llevasen salsas ni especias. Además, durante los días que pasé en un centro de medicina ayurveda, sí pude saborear platos tradicionales adaptados a los doshas predominantes de cada persona y que no solo me sentaron bien sino que me resultaron beneficiosos y terapéuticos. La isla en sí fue terapéutica.








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